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sobre los libros recibidos y los no recibidos (Decretum Gelasianum) Relaciones en la Trinidad Aquí comienza el Concilio de Roma, bajo el Papa Dámaso, sobre la explicación de la fe. I. Fue dicho: 1. En primer lugar, debe tratarse acerca de las siete formas del Espíritu que permanecen en Cristo: El espíritu de la sabiduría: Cristo, el poder y la
sabiduría de Dios.
2. Pero la dispensación de Cristo es denominada de formas diferentes: Dios, que es espíritu;
3. En cuanto al Espíritu Santo, no proviene sólo del Padre ni sólo del Hijo, sino del Padre y del Hijo; por eso está escrito: El que se deleita en el mundo, el Espíritu del Padre no está en él; y nuevamente: En cuanto a todo aquel que no tenga el Espíritu de Cristo, no le pertenece. De este modo se entiende que el Espíritu Santo sea nombrado como del Padre y del Hijo, siendo que el propio Hijo dijo en el Evangelio que el Espíritu Santo procede del padre y por mí Él es aceptado y anunciado a ustedes. Canon de la Biblia II. También fue dicho: Ahora debe tratarse sobre las Divinas Escrituras, las que son aceptadas por la Iglesia Católica Universal, y las que deben rechazarse. 1. Comienza
el orden del Antiguo Testamento:
2. Sigue el
orden de los Profetas:
3. Sigue el
orden de los (libros) históricos:
4. Sigue el
orden de las Escrituras del Nuevo Testamento, que la Santa Iglesia Católica
Romana acepta y venera:
Aquí termina el canon del Nuevo Testamento. Primado de la Iglesia de Roma III. También fue dicho: Aquí comienza el Decreto sobre los libros que deben ser recibidos y los que no deben ser recibidos, que fue escrito por el Papa Gelasio y setenta obispos sumamente eruditos en la sede apostólica de la ciudad de Roma. 1. Después de todas estas escrituras proféticas, evangélicas y apostólicas tratadas anteriormente, sobre las que está fundada la Iglesia Católica por la gracia de Dios, también consideramos necesario decir que, aunque la Iglesia Católica Universal difundida por todo el mundo es la única novia de Cristo, a la Santa Iglesia Romana le fue dado el primer lugar entre las demás Iglesias, no por decisión de ningún concilio, sino que por la voz de nuestro Señor y Salvador obtuvo la primacía en el Evangelio: Tú eres Pedro, dijo, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, será atado también en el cielo, y cuanto desatares sobre la tierra, será desatado también en el cielo. 2. Se sumó también la presencia del bienaventurado Apóstol Pablo, el vaso escogido, que no en oposición como dicen los herejes chismosos, sino al mismo tiempo y en el mismo día, fue coronado con una muerte gloriosa junto con Pedro en la ciudad de Roma, padeciendo bajo el César Nerón; y juntos consagraron para Cristo el Señor a la mencionada Santa Iglesia de Roma y le dieron preferencia con su presencia y triunfos dignos de veneración ante todas las otras ciudades en el mundo entero. 3. Por lo tanto, la primera es la sede del Apóstol Pedro, la Iglesia de Roma, que no tiene mancha, ni arruga, no otros defectos. Por otra parte, la segunda sede fue concedida para Alejandría, en el nombre del bienaventurado Pedro, por Marcos, su discípulo y consagrado evangelista. Él mismo escribió la Palabra de la Verdad estando en Egipto, [escuchándola] directamente del Apóstol Pedro, y su vida fue consumada gloriosamente en martirio. La tercera sede fue dada a Antioquía por el bienaventurado y honorable Apóstol Pedro, quien vivió allí antes de venir a Roma, y donde se oyó por primera vez el nombre de una nueva raza: Cristianos. Escritos que pueden recibirse IV. Y aunque ningún otro fundamenteo puede establecerse, sino aquel que fue establecido, Cristo Jesús, sin embargo, para edificación, después de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento enumerados anteriormente de acuerdo al canon, la Santa Iglesia Romana no prohibe recibir los siguientes escritos: 1. El Santo Concilio de Nicea, conformado por 318 obispos y presidido por el emperador Constantino el Grande, en el que fue condenado el hereje Arrio; el Santo Concilio de Constantinopla, presidido por el emperador Teodosio el Viejo, en el que el hereje Macedonio se libró de su merecida condenación; el Santo Concilio de Éfeso, en el que Nestorio fue condenado con el consentimiento del bienaventurado Papa Celestino, presidido por Cirilo de Alejandría en el asiento del magistrado, y por Arcadio, el obispo enviado desde Italia. el Santo Concilio de Calcedonia, presidido por el emperador Marciano, y por Anatolio, obispo de Constantinopla, en el que las herejías Nestoriana y Eutiquiana, juntamente con Dióscoro y sus simpatizantes, fueron condenados. 2. Pero si también hay concilios apoyados hasta ahora por los Santos Padres, de menor autoridad que estos cuatro, decretamos que éstos deben ser matenidos y recibidos. A continuación añadimos las obras de los Santos Padres que son recibidos en la Iglesia Católica: igualmente, las obras del bienaventurado Cecilio Cipriano, mártir
y obispo de Cartago;
3. igualmente, la epístola del bienaventurado Papa León destinada a Flaviano, obispo de Constantinopla; pero si alguna parte de su texto fuera disputada, no siendo aquella que fue recibida por todos desde la antigüedad, sea anatema; igualmente, las obras y todos los tratados de los padres ortodoxos, que no se desviaron en nada de la [enseñanza] común de la Santa Iglesia Romana, y que nunca se separaron de la fe y adoración, manteniéndose en comunión por la gracia de Dios hasta el último día de sus vidas, decretamos que sean leídos; igualmente, los decretos y epístolas oficiales que los bienaventudados papas enviaron desde Roma, por consideración a varios padres y en diversas épocas, deben ser mantenidas con reverencia; 4. igualmente, las actas de los Santos Mártires, que recibieron la gloria por sus múltiples torturas y sus maravillos triunfos de persistencia. ¿Qué católico duda que la mayoría de ellos debieron soportar en agonías con todas sus fuerzas, y resistieron por la gracia de Dios y la ayuda de los demás? Pero, de acuerdo a una costumbre antigua, por precaución no se leen en la Santa Iglesia Romana, porque los nombres de quienes las escribieron no son conocidos con propiedad y no es posible separarlos de los no creyentes e idiotas; o porque lo que declaran es de orden inferior a los eventos ocurridos; por ejemplo, las actas de Quiricio y Julita, así como las de Jorge, y los sufrimientos de otros como éstos, que parecen haber sido compuestas por herejes. Por esta razón, tal como se dijo, para no dar pretexto a la burla casual, no son leídas en la Santa Iglesia Romana. Sin embargo, veneramos junto con la mencionada Iglesia a todos los mártires y sus gloriosos sufrimientos, que son más conocidos por Dios que por los hombres, con toda devoción; igualmente, las vidas de los padres Pablo, Antonio e Hilarión, así como todos los eremitas, que son descritas por el bienaventurado hombre Jerónimo, las recibimos con honor; igualmente, las actas del bienaventurado Silvestre, obispo del sillón apostólico, que son permitidas aunque se desconozca su autor, ya que sabemos que son leídas por muchos católicos incluso de la ciudad de Roma, y también por el uso antiguo de las generaciones, que es imitado por la iglesia; igualmente, los escritos sobre el hallazgo de la cruz, y otras novelas sobre el hallazgo de la cabeza de Juan el Bautista, que son romances y algunos de ellos son leídos por católicos; pero cuando éstos llegen a las manos de católicos, debe considerarse primero lo que dijo el Apóstol Pablo: Examinad todas las cosas, reteniendo lo que sea bueno; igualmente, Rufino, un hombre sumamente religioso, que escribió varios libros sobre las obras eclesiásticas y algunas interpretaciones de las escrituras; con todo, desde que el venerable Jerónimo demostró que hizo uso de ciertas libertades arbitrarias en algunos de esos libros, consideramos como aceptables a aquellos que el bienaventurado Jerónimo, anteriormente citado, consideraba como aceptables; y no sólo los de Rufino, sino también aquellos de cualquiera que sea recordado por su celo por Dios y criticado por la fe en la religión; igualmente, algunas obras de Orígenes, que el bienaventurado hombre Jerónimo no rechazó, las recibimos para ser leídas, pero decimos que lo restante de su autoría debe rechazarse; igualmente, la Crónica de Eusebio de Cesarea y los libros de su Historia Eclesiástica, que aunque haya muchas cosas dudosas en el primer libro de su narración y luego haya escrito un libro alabando y disculpando al cismático Orígenes, sin embargo, considerando que en su narración hay cosas destacables y útiles para la instrucción, no diremos a nadie que deban rechazarse; igualmente, alabamos a Osorio, un hombre sumamente erudito, que nos escribió una historia muy necesaria contra las calumnias de los paganos y de una brevedad maravillosa; igualmente, la obra pascual del venerable hombre Sedulio, que fue escrita con versos heroicos y merece una alabanza significativa; igualmente, la increíble y laboriosa obra de Juvencio, que no desdeñamos, sino que nos asombramos por ella. Lista de apócrifos V. Los demás escritos que fueron compilados o reconocidos por los herejes o cismáticos, la Iglesia Católica Apostólica Romana no recibe de ninguna manera; de éstos consideramos correcto citar a continuación algunos que han pasado de generación en generación y que son rechazados por los católicos: Igualmente, lista de libros apócrifos: en primer lugar, el Concilio de Sirmio, convocado por el César
Constancio, hijo de Constantino, y presidido por el Prefecto Tauro, que
fue y será siempre condenado;
Éstos y otros escritos similares, como los de Simón el
Mago, Nicolás, Cerinto, Marción, Basílides, Ebion,
Pablo de Samosata, Fotino y Bonoso que adolecieron de errores similares,
también Montano con sus seguidores obscenos, Apolinaro, Valentino
el maniqueo, Fausto Africano, Sabelio, Arrio, Macedonio, Eunomio, Novato,
Sabacio, Calisto, Donato, Eustacio, Joviano, Pelagio, Juliano de Eclana,
Celestio, Maximiano, Prisciliano de España, Nestorio de Constantinopla,
Máximo Cínico, Lampecio, Dióscoro, Eutiques, Pedro
y el otro Pedro, uno que desgració a Alejandría y el otro
a Antioquía, Acacio de Constantinopla y sus partidarios, y todos
los discípulos de la herejía y de los herejes y los cismáticos,
cuyos nombres apenas fueron preservados, que enseñaron o escribieron,
y no sólo son repudiados por toda la Iglesia Católica Apostólica
Romana, sino que deben ser eliminados los autores y sus seguidores, y condenados
con con el indisoluble vínculo del anatema eterno.
Traducido del latín, inglés
y portugés,
a partir de las siguientes versiones: http://www.thelatinlibrary.com/decretum.html (latín) http://www.tertullian.org/decretum_eng.htm (inglés) http://www.geocities.com/Athens/Aegean/8990/decrgel0.htm (portugués) |
Juan
6:53 De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el
día postrero. El que
come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Este es
el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y
murieron; | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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